viernes, 30 de mayo de 2014

Capítulo 2

Leí el mensaje por enésima vez. ¿Quién lo habrá enviado?
“Probablemente Tomás. Pero no, porque él no me vió salir del teatro. ¿Podría haber sido Lucas? Si fue él, ¿Por qué? No, tiene que ser Tomás. Pero… ¡Aggghh!”
Llevaba dos días ya, pensando en eso una y otra vez. Dos días sin saber quién envió el mensaje. Dos días sin ver a Tomás… ni a Lucas.
“Tengo que pensar en otra cosa, no puedo seguir obsesionada con él… ¿Pero quién se supone que es él? O sea, ¿Estoy obsesionada con el beso de Tomás? ¿O con la caricia y las palabras de Lucas?”
Al final, decidí hacer lo que hizo Katniss en Los Juegos del Hambre:
“Me llamo Idöia Torres. Tengo 16 años. Soy la única de mis amigas que solo besó a un chico, y ese es Tomás ¡Agh! Cambio de tema.
Tengo el pelo largo hasta la cintura, descontroladamente ondulado, y color negro azabache. No soy gorda, pero tampoco especialmente flaca.  Tengo bastantes músculos en las piernas y en los abdominales. Según Agustina, mi mejor amiga, tengo unas piernas kilométricas. También según ella, mis ojos son muy profundos, pero yo solo veo que son color marrón oscuro.
Mi ex novio me sigue para pedirme que vuelva con él porque “me ama”. Yo  que no es así. La última vez que me encontró nos peleamos y le pegué, dos veces. Una por besarme, la otra por idiota. OK, aceptado.
Ahora, los labios carnosos de Lucas en mi oído, un chico con el que, hasta hace dos días, creía compartir un fuerte odio mutuo. Ahora, después de que me susurrara el halago más dulce que había oído, y de sentir sus dedos acariciando mis labios, ya no estoy tan segura. Y todo lo que hizo, eso, ya es más difícil de aceptar. Especialmente por la reacción que me causó. Si, esa sonrisa tiene que haber sido por  Lucas. OK, no aceptado.”
De repente se empezó a escuchar Help, de los Beatles, un nuevo mensaje. Número desconocido.



Nos veremos más pronto de lo que crees

. . .

-          ¡Chicas! ¡Terminó el descanso! – Nos gritó Francisco
-          ¡Ya va! ¡Ya va! – Respondimos a coro.
El segundo mensaje me había llegado esa mañana, y ahora me había pasado los cinco minutos de descanso en danza, leyéndolo una y otra, y otra vez.
-          ¡Idöia! Bajá de las nubes, tenemos que seguir ensayando – Me llamó mi profesor.
Ayer nos habían avisado que en una semana estrenábamos la obra que habíamos practicado, así que hoy, Francisco había llamado a ensayo urgente de toda la obra.
Media hora después, se cumplen dos horas y media de ensayo, y al fin nos dejaron salir. Nerviosa, me apuré hacia la parada del colectivo: no había dejado de pensar en ese mensaje, y no deseaba encontrarme con Tomás. Pero Lucas… Él fue el que me complicó la decisión, porque no quería verlo, me daba vergüenza, sin embargo, moría por saber si había sido él el de los mensajes, y de porque quería verme. Si fue él, claro. Empecé a correr a la parada, se me estaba yendo el cole, pero (oh, sorpresa), me agarraron del codo. En serio empezaba a acostumbrarme.
-          No Idöia, esperá por favor.
-          Ah, Tomás. Me asustaste ¿Qué estás haciendo acá? – Saludé.
He de admitir que estaba desilusionada ¡Solo un poco! Bueno, puede ser que bastante.
“Tenía que ser él. Peor, en la puerta de mi instituto de danza.”
-          Wow, no es un recibimiento muy alegre para tu novio – Dijo en tono de reproche -. ¿Qué te pasa?
-          Tomás. Uno, no sos mi novio. Dos, ¡Dejá de seguirme! – Le grité.
“¡¿Cómo se puede ser tan idiota?! Es completamente insoportable.”
Eso no lo mejoró ¿Malas noticias? Volvió a intentar besarme. Esta vez, sabiendo lo qué me había pasado la última vez que lo hizo, simplemente le puse una mano en el pecho musculoso y…
“¡Agh! Me puede.”
-          ¿Podemos hablar sin que intentes besarme? – Le dije con suavidad pero firme.
Unas compañeras que estaban saliendo, soltaron una risita tonta y me saludaron al pasar.
-          ¿Tomás? – Lo llamé con los dientes apretados.
-          Claro ¿De qué querés hablar, entonces? – Me respondió con una sonrisa triste.
-          No sé, vos enviaste los mensajes, vos decime.
-          ¿De qué me estás hablando? No importa – Dijo confundido -. Idöia, en serio, esa chica solo era una amiga. Te amo Idöia, nunca te engañaría.
-          Tomás… - Dije con tono de advertencia.
Pero la verdad era que esa mirada tan profunda y sincera en sus grandes ojos negros, había conseguido ablandarme un poco.
-          Me engañaste. Eso no es algo que se le hace a alguien que amás. – Le dije, ya con más suavidad.
-          ¡No, no fue así! Ella me besó, pero yo la rechacé ¡Lo juro! Por favor Idöia, creéme. Yo nunca te haría algo así. – Suplicó.
Y casi le creí. De verdad lo hice. No podía estar segura, pero le creí. Creo que en el fondo yo también lo extrañaba. Extrañaba sus músculos fuertes, pero no demasiado. Extrañaba la mirada cariñosa que esos hermosos ojos negros me daban cada mañana, la manera en que me decía que era suya. Extrañaba enredar mis manos en su pelo marrón claro, extrañaba sentir sus cálidos labios carnosos en los míos.
“Te creo. Realmente te creo.” Pensé.
Envolví mis brazos en su cuello y él se tensó, pero inmediatamente se relajó, y soltó un pequeño gemido al sentir mis labios de vuelta en los suyos.
Lo besé con fuerza, con la fuerza de la esperanza de que no me mintiera, con la fuerza de mi deseo de volver a besarlo, con la fuerza de mi ruego de estar haciendo lo correcto. Él no se opuso, sorprendido, me apretó más fuerte y me siguió besando.
Así nos quedamos hasta que se me ocurrió que seguíamos en la puerta de un instituto de danza, y que mi profesor probablemente estuviera por salir, o ya había salido.
Me separé de él con suavidad, el shock todavía grabado en su cara, mezclado con una pequeña y cautelosa esperanza, y un gran deseo.
Sonreí.
-          Te creo. Espero no arrepentirme. – Le dije.
-          No lo harás – Me respondió con firmeza.
Le di un beso en la mejilla y me di vuelta para irme. Justo doblando en la esquina, un borrón rubio pasó corriendo.
“Oh, no.”
Salí corriendo a la parada del autobús, pero llegué demasiado tarde, ya había arrancado. Y en una de las ventanas, unos hermosos ojos azules me miraban, llenos de dolor y tristeza.

“Oh, no… Lucas…”

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