En las vacaciones, yo había
vuelto con Tomás. Después del día del beso, él me invitó a un picnic. En
realidad, hubo más besos que comida. Pero ese no es el punto.
El punto es, que faltaba solo un
día, o más bien una noche, para que comenzaran las clases de este año. O sea,
que al día siguiente, Agustina (mi mejor amiga, ya les hablé de ella), se
enteraría de que yo había vuelto con Tomás, cosa que no le había contado por
motivos que ni yo sabía, y, de paso, de todo este rollo con Lucas.
¡Ay, Lucas! No lo había visto
desde aquel día, en el colectivo. Su mirada había sido tan triste que todavía
me costaba asimilarlo. Seguía sin comprender por qué justamente Lucas me había mandado esos mensajes.
Quiero decir: ¡Era Lucas! ¡Me odiaba! ¡Y yo a él! Pero, ¿Yo a él? No sabía.
Pero no, yo odiaba a Lucas. Entonces ¿Por qué los mensajes? Digo, porque es
obvio que había sido él ¿No? A ver, Tomás no sabía nada de los mensajes, y
Lucas también había estado ahí ese día. Si, tenía que haber sido él. Pero, ¿Por
qué? No tenía ni idea.
Después de pensar un buen rato en
todo esto, leí Beautiful disaster y me fui a dormir, rogando que el día siguiente no
fuera tan malo como parecía.
·
·
·
“Bueno, llegué.”
Ya estaba en la escuela, a punto
de empezar quinto año, y Agustina me esperaba en la puerta.
-
¡Idöia! Ya era hora, ¿Sabías
que hay un rumor nuevo y escandaloso sobre vos? – Me llamó.
Yo sonreí.
“Si, definitivamente la Reina de
los Rumores está de vuelta al ataque.”
-
Ah, ¿Si? ¿Y qué dicen? –
Pregunté con cara de inocente.
“Como si no lo supiera. ¿Cómo se
enteraron tan rápido?”
-
¡Dicen que volviste con Tomás! Las cosas que se inventan son increíbles. – Me respondió riendo.
Yo no dije nada.
-
¿Idöia? ¡¿Volviste con Tomás?!
– Reclamó.
-
Umm… Puede. – Dudé.
-
¡Idöia, la puta madre! – Me
gritó -. ¿Por qué no me lo dijiste?
-
Shh… No grites, que se van a
enterar todos. – Pedí.
“Mierda, se enojó.”
-
Perdonáme Agus, no sé por qué
no te lo dije ¡Me daba vergüenza! – Le rogué.
-
¿Vergüenza de qué, si Tomás
está re bueno? – Replicó, sin entender -. Oh, pensaste que me enojaría porque
no lo apruebo o algo así ¿Verdad?
“Y… Entendió.”
-
¡Idö! ¡Nena! ¿Cómo vas a pensar
eso? – Se quejó -. Mirá, yo mientras no te lo tomes en serio lo apruebo. Eso de
que te ama yo no me lo trago.
Sonreí.
-
Entonces estamos bien.
“Bueno, una mentira piadosa no
hace nada. Pero es que la mirada de Tomás era tan sincera…”
-
Bien. Ahora entremos que quiero
ver lo que pasa cuándo Tomás llegue y te, ejem, reciba a su estilo. – Me apuró,
riéndose.
-
¡Agustina! – Me quejé,
horrorizada.
-
¿Qué? ¡Si es cierto! – Se rió
más fuerte, viendo mi vergüenza.
-
Solo entremos. – Murmuré.
Así que entramos, yo roja como un
tomate y mirando hacia abajo, y Agustina todavía riendo a carcajadas.
-
¡Idöia! ¿Es cierto lo que
dicen?
Era Matt Scott, un chico de
intercambio que no me caía ni bien ni mal, pero que, al ser un muy buen amigo
de Lucas, casi no me hablaba. Este último esperaba en la esquina del comedor,
mirándonos, pero con la cara completamente en blanco.
-
Yo… - Dudé, mirando a mi amiga.
-
¡Hey! ¡Hola! – Alguien me
saludó.
“Salvada.” Pensé. Pero no podía
estar más equivocada.
Tomás se acercó, me abrazó, y me
besó intensamente. Sin pensarlo, envolví mis brazos alrededor de su cuello y le
devolví el beso con las mismas ganas.
-
Ejem.
Agustina carraspeó.
-
Seguimos aquí, ¿Saben? – Dijo
irritada. Pero yo la conocía, estaba conteniendo la risa.
Me aparté de Tomás, sonrojada,
pero él me agarró la mano, me acercó a él, y susurró, con sus labios pegados a
mi oído:
-
Te amo, lo sabes ¿No?
-
Lo sé. – Respondí avergonzada.
A este punto, Agustina ya no se
pudo contener y soltó una fuerte carcajada.
-
¡De eso estaba hablando! – Me
espetó entre risas.
Matt nos miraba divertido.
-
Supongo que eso es un sí.
Felicitaciones. – Dijo, yéndose.
Yo estuve a punto de sonreír
cuándo Tomás me atrajo hacia él, para volver a besarme más suavemente, pero
justo antes de sentir sus labios, la mirada irritada de Lucas atrajo la mía, y
la sonrisa se escurrió de mi cara.
Segundos después, la campana nos
obligó a separarnos.
-
Nos vemos luego bebé – Me
despedí.
Tomás me acarició la mejilla, me
la besó, y se fue.
-
Adiós.
Mientras tanto, a Agustina se le había pasado
un poco la risa, así que la miré, frunciendo el ceño.
-
Vamos, hay que entrar – Le
dije, molesta.
Ella volvió a tener un ataque de
risa, pero logré arrastrarla por el pasillo hasta nuestra primera clase.
Varias horas después, tuvimos un
descanso y salimos al patio. A mí me había dado hambre, así que me quedé a
comprar algo. Cuando salía a acompañar a Agus, me encontré con Tomás.
-
¡Hola! ¿A dónde vas? – Me saludó.
-
¡Hola! Iba al patio a acompañar
a Agus – Respondí -. ¿No se supone que estás en clase?
-
Sí, pero no conseguía
concentrarme. Aún siento ese beso… - Respondió sonriendo.
“Gracioso, pero probablemente
cierto. Sería típico de él.”
-
Ah, ¿Así que ahora me soltás
citas de Beautiful disaster? No sabía que lo habías leído – Dije yo, también
sonriendo.
Meses atrás, antes de que
cortáramos, yo le había regalado mi libro favorito para que lo leyera. Él, al
igual que yo, era un gran lector.
-
En realidad, lo empecé hace poco.
Voy por una parte muy… interesante. Algo de un laboratorio de Física… - Me
contó, con una chispa traviesa en sus ojos.
-
Me encanta esa parte – Dije yo,
riendo.
-
Ah, ¿Sí? ¿Cómo sigue? –
Preguntó.
“Oh. Por eso la mirada traviesa.”
Me reí más fuerte y continué:
-
Bueno, no podemos dejar que te
desconcentres ¿Verdad?
-
Ah, ¿No? – Él seguía sonriendo.
-
Nop – Respondí yo.
Entonces recordé el libro, y, con
una enorme sonrisa, lo atraje hacia mí, y lo besé con más intensidad que nunca.
Tomás hizo un ruido extraño, entre gemido y risa, y yo me reí contra sus
labios. Fiel al libro, nos metí en un aula vacía y cerré la puerta.
-
¿Sabes? – Dijo él contra mi
cuello -. Esta también es mi parte favorita.
Devolvió sus labios a mi boca, y
con sus manos en el borde de mi camiseta, me apretó contra la pared, su cuerpo
completamente pegado al mío.
Su camiseta fue lo primero en
irse. Le acaricié los brazos, la espalda, el pecho, los abdominales. Él soltó
un gemido y me sacó mi camiseta. Sus labios aún más rápidos, y sus manos por
todos lados. Por no quedarme atrás, bajé las manos hasta la hebilla de su
cinturón y recorrí todo su contorno con mis manos contra su piel, eso era
terreno inexplorado para mí, pero el soltó un ruido satisfecho y llevó sus
manos al broche de mi sujetador. Me miró como pidiendo permiso, y justo cuando
fui a asentir, tocó el timbre. El descanso había terminado.
Tomás se apartó de mí y me miró.
-
¿Sabes? No creo que eso ayude
con mi concentración – Dijo.
Yo solo sonreí y le arrojé su
camiseta.
“Andá a saber lo que hubiera
pasado de no ser por el timbre. Y yo no lo hubiera podido impedir.”
Salvada por la campana.
Después de vestirnos, nos
despedimos con un beso y fuimos cada uno a nuestra clase. La de ahora, era la
única que yo compartía con Lucas. Así que ahí estaba él. Sentado en su banco,
ni siquiera había notado que yo no estaba. Todavía sonrojada, pedí perdón a la
profesora y fui a sentarme junto a Agustina. Con una sonrisa pícara, me
preguntó:
-
Te “encontraste” con Tomás ¿No?
-
¡¿Qué?! ¡No! – Intenté negarlo.
-
Ajá. Estas roja como un tomate
nena. Además no creo que tu pelo se haya revuelto tanto solito – Se rió ella.
-
¡Bueno, si! Me encontré por
casualidad con Tomás en el pasillo – Admití a medias.
-
Claro, y el pelo se te revolvió
cuando lo chocaste y te pusiste roja por la vergüenza. ¡Por favor, Idöia! A mí
no me mientas con estas cosas que vos sabés que te conozco… ya “estas cosas” –
Me dijo, conteniendo la risa y guiñándome un ojo.
Yo me reí.
-
Bueno, bueno. Tenés razón. ¿Ok?
– Me quejé.
-
Ok. Pero quiero detalles más
tarde – Sonrió.
A dos mesas de nosotras, Lucas
Gelderman nos miraba irritado.
-
Profesora, Torres no me deja
escuchar la clase – Se quejó de mí.
-
Idöia, Agustina, dejen la
charla para después y presten atención – Nos dijo la profesora, enojada
-
Que idiota – Me susurró
Agustina.
Yo solo asentí con la cabeza.
-
Y… ¿Qué estamos viendo? - Le pregunté.
-
Ni idea.
Después de esa clase, nos
retiramos porque la de Biología estaba enferma. A la salida, alguien me gritó:
-
¡Torres!
Era Lucas.
-
¿Qué pasa ahora? – Le dije secamente.
-
El tono Torres. Decime, ¿No te
parece suficiente que tu “novio” casi te viole enfrente de toda la escuela en
el comedor, que dormís con él en un aula vacía? – Me dijo con voz fría e
indiferente.
-
Primero, no dormí con él. Y
segundo, ¡No es tu problema! – Le grité.
“Y ahí va mi compasión de
anoche”.
-
Claro, tu amiga dice “esas
cosas” y vos no dormiste con él – Se burló.
-
¡Serás idiota! Repito: ¡NO ES
TU PROBLEMA!
“Sip, eso es amabilidad Idöia
¡Muy bien!”
Pero la verdad es que este rubio
me estaba sacando de quicio. Me di vuelta y me fui, pero justo antes de llegar
a la puerta me pareció escucharlo murmurar:
-
Si sos vos, siempre es mi
problema.
Pero cuándo me giré a mirarlo, el
se estaba yendo por el pasillo. Como si sintiera mi mirada, se dio vuelta por
un segundo, justo lo suficiente para que sus ojos coincidieran con los míos.
Esa mirada, vista por accidente, estaba llena de una furia enorme, pero también
de una profundísima tristeza, que empezaba a acostumbrarme a ver en esos ojos
azules. Ojos que, por algún incomprensible motivo, me parecían enormemente
hermosos.
-
¡Idöia! ¿Venís? – Me llamó
Agustina desde afuera.
-
¡Ya voy! - Grité, girándome
solo por un segundo. Pero cuando
volví a mirar, Lucas estaba saliendo por el otro lado del pasillo.
-
Idöia.
Tomás me tocó el hombro.
-
¿Estás bien? – Me preguntó.
-
¿Eh? Ah, sí. Claro – Respondí aturdida
-. Vamos.
Me pasó un brazo por la cintura y
salimos de la escuela. Yo seguía pensando en la mirada de Lucas, últimamente me
dejaban desconcertada, pero no sabría lo que significaban hasta mucho tiempo
después.