sábado, 31 de mayo de 2014

Capítulo 3

En las vacaciones, yo había vuelto con Tomás. Después del día del beso, él me invitó a un picnic. En realidad, hubo más besos que comida. Pero ese no es el punto.
El punto es, que faltaba solo un día, o más bien una noche, para que comenzaran las clases de este año. O sea, que al día siguiente, Agustina (mi mejor amiga, ya les hablé de ella), se enteraría de que yo había vuelto con Tomás, cosa que no le había contado por motivos que ni yo sabía, y, de paso, de todo este rollo con Lucas.
¡Ay, Lucas! No lo había visto desde aquel día, en el colectivo. Su mirada había sido tan triste que todavía me costaba asimilarlo. Seguía sin comprender por qué justamente Lucas me había mandado esos mensajes. Quiero decir: ¡Era Lucas! ¡Me odiaba! ¡Y yo a él! Pero, ¿Yo a él? No sabía. Pero no, yo odiaba a Lucas. Entonces ¿Por qué los mensajes? Digo, porque es obvio que había sido él ¿No? A ver, Tomás no sabía nada de los mensajes, y Lucas también había estado ahí ese día. Si, tenía que haber sido él. Pero, ¿Por qué? No tenía ni idea.
Después de pensar un buen rato en todo esto, leí Beautiful disaster y me fui a dormir, rogando que el día siguiente no fuera tan malo como parecía.

·  ·  ·
“Bueno, llegué.”
Ya estaba en la escuela, a punto de empezar quinto año, y Agustina me esperaba en la puerta.
-          ¡Idöia! Ya era hora, ¿Sabías que hay un rumor nuevo y escandaloso sobre vos? – Me llamó.
Yo sonreí.
“Si, definitivamente la Reina de los Rumores está de vuelta al ataque.”
-          Ah, ¿Si? ¿Y qué dicen? – Pregunté con cara de inocente.
“Como si no lo supiera. ¿Cómo se enteraron tan rápido?”
-          ¡Dicen que volviste con  Tomás! Las cosas que se inventan  son increíbles. – Me respondió riendo.
Yo no dije nada.
-          ¿Idöia? ¡¿Volviste con Tomás?! – Reclamó.
-          Umm… Puede. – Dudé.
-          ¡Idöia, la puta madre! – Me gritó -. ¿Por qué no me lo dijiste?
-          Shh… No grites, que se van a enterar todos. – Pedí.
“Mierda, se enojó.”
-          Perdonáme Agus, no sé por qué no te lo dije ¡Me daba vergüenza! – Le rogué.
-          ¿Vergüenza de qué, si Tomás está re bueno? – Replicó, sin entender -. Oh, pensaste que me enojaría porque no lo apruebo o algo así ¿Verdad?
“Y… Entendió.”
-          ¡Idö! ¡Nena! ¿Cómo vas a pensar eso? – Se quejó -. Mirá, yo mientras no te lo tomes en serio lo apruebo. Eso de que te ama yo no me lo trago.
Sonreí.
-          Entonces estamos bien.
“Bueno, una mentira piadosa no hace nada. Pero es que la mirada de Tomás era tan sincera…”
-          Bien. Ahora entremos que quiero ver lo que pasa cuándo Tomás llegue y te, ejem, reciba a su estilo. – Me apuró, riéndose.
-          ¡Agustina! – Me quejé, horrorizada.
-          ¿Qué? ¡Si es cierto! – Se rió más fuerte, viendo mi vergüenza.
-          Solo entremos. – Murmuré.
Así que entramos, yo roja como un tomate y mirando hacia abajo, y Agustina todavía riendo a carcajadas.
-          ¡Idöia! ¿Es cierto lo que dicen?
Era Matt Scott, un chico de intercambio que no me caía ni bien ni mal, pero que, al ser un muy buen amigo de Lucas, casi no me hablaba. Este último esperaba en la esquina del comedor, mirándonos, pero con la cara completamente en blanco.
-          Yo… - Dudé, mirando a mi amiga.
-          ¡Hey! ¡Hola! – Alguien me saludó.
“Salvada.” Pensé. Pero no podía estar más equivocada.
Tomás se acercó, me abrazó, y me besó intensamente. Sin pensarlo, envolví mis brazos alrededor de su cuello y le devolví el beso con las mismas ganas.
-          Ejem.
Agustina carraspeó.
-          Seguimos aquí, ¿Saben? – Dijo irritada. Pero yo la conocía, estaba conteniendo la risa.
Me aparté de Tomás, sonrojada, pero él me agarró la mano, me acercó a él, y susurró, con sus labios pegados a mi oído:
-          Te amo, lo sabes ¿No?
-          Lo sé. – Respondí avergonzada.
A este punto, Agustina ya no se pudo contener y soltó una fuerte carcajada.
-          ¡De eso estaba hablando! – Me espetó entre risas.
Matt nos miraba divertido.
-          Supongo que eso es un sí. Felicitaciones. – Dijo, yéndose.
Yo estuve a punto de sonreír cuándo Tomás me atrajo hacia él, para volver a besarme más suavemente, pero justo antes de sentir sus labios, la mirada irritada de Lucas atrajo la mía, y la sonrisa se escurrió de mi cara.
Segundos después, la campana nos obligó a separarnos.
-          Nos vemos luego bebé – Me despedí.
Tomás me acarició la mejilla, me la besó, y se fue.
-          Adiós.
 Mientras tanto, a Agustina se le había pasado un poco la risa, así que la miré, frunciendo el ceño.
-          Vamos, hay que entrar – Le dije, molesta.
Ella volvió a tener un ataque de risa, pero logré arrastrarla por el pasillo hasta nuestra primera clase.
Varias horas después, tuvimos un descanso y salimos al patio. A mí me había dado hambre, así que me quedé a comprar algo. Cuando salía a acompañar a Agus, me encontré con Tomás.
-          ¡Hola! ¿A dónde vas? – Me saludó.
-          ¡Hola! Iba al patio a acompañar a Agus – Respondí -. ¿No se supone que estás en clase?
-          Sí, pero no conseguía concentrarme. Aún siento ese beso… - Respondió sonriendo.
“Gracioso, pero probablemente cierto. Sería típico de él.”
-          Ah, ¿Así que ahora me soltás citas de Beautiful disaster? No sabía que lo habías leído – Dije yo, también sonriendo.
Meses atrás, antes de que cortáramos, yo le había regalado mi libro favorito para que lo leyera. Él, al igual que yo, era un gran lector.
-          En realidad, lo empecé hace poco. Voy por una parte muy… interesante. Algo de un laboratorio de Física… - Me contó, con una chispa traviesa en sus ojos.
-          Me encanta esa parte – Dije yo, riendo.
-          Ah, ¿Sí? ¿Cómo sigue? – Preguntó.
“Oh. Por eso la mirada traviesa.”
Me reí más fuerte y continué:
-          Bueno, no podemos dejar que te desconcentres ¿Verdad?
-          Ah, ¿No? – Él seguía sonriendo.
-          Nop – Respondí yo.
Entonces recordé el libro, y, con una enorme sonrisa, lo atraje hacia mí, y lo besé con más intensidad que nunca. Tomás hizo un ruido extraño, entre gemido y risa, y yo me reí contra sus labios. Fiel al libro, nos metí en un aula vacía y cerré la puerta.
-          ¿Sabes? – Dijo él contra mi cuello -. Esta también es mi parte favorita.
Devolvió sus labios a mi boca, y con sus manos en el borde de mi camiseta, me apretó contra la pared, su cuerpo completamente pegado al mío.
Su camiseta fue lo primero en irse. Le acaricié los brazos, la espalda, el pecho, los abdominales. Él soltó un gemido y me sacó mi camiseta. Sus labios aún más rápidos, y sus manos por todos lados. Por no quedarme atrás, bajé las manos hasta la hebilla de su cinturón y recorrí todo su contorno con mis manos contra su piel, eso era terreno inexplorado para mí, pero el soltó un ruido satisfecho y llevó sus manos al broche de mi sujetador. Me miró como pidiendo permiso, y justo cuando fui a asentir, tocó el timbre. El descanso había terminado.
Tomás se apartó de mí y me miró.
-          ¿Sabes? No creo que eso ayude con mi concentración – Dijo.
Yo solo sonreí y le arrojé su camiseta.
“Andá a saber lo que hubiera pasado de no ser por el timbre. Y yo no lo hubiera podido impedir.”
Salvada por la campana.
Después de vestirnos, nos despedimos con un beso y fuimos cada uno a nuestra clase. La de ahora, era la única que yo compartía con Lucas. Así que ahí estaba él. Sentado en su banco, ni siquiera había notado que yo no estaba. Todavía sonrojada, pedí perdón a la profesora y fui a sentarme junto a Agustina. Con una sonrisa pícara, me preguntó:
-          Te “encontraste” con Tomás ¿No?
-          ¡¿Qué?! ¡No! – Intenté negarlo.
-          Ajá. Estas roja como un tomate nena. Además no creo que tu pelo se haya revuelto tanto solito – Se rió ella.
-          ¡Bueno, si! Me encontré por casualidad con Tomás en el pasillo – Admití a medias.
-          Claro, y el pelo se te revolvió cuando lo chocaste y te pusiste roja por la vergüenza. ¡Por favor, Idöia! A mí no me mientas con estas cosas que vos sabés que te conozco… ya “estas cosas” – Me dijo, conteniendo la risa y guiñándome un ojo.
Yo me reí.
-          Bueno, bueno. Tenés razón. ¿Ok? – Me quejé.
-          Ok. Pero quiero detalles más tarde – Sonrió.
A dos mesas de nosotras, Lucas Gelderman nos miraba irritado.
-          Profesora, Torres no me deja escuchar la clase – Se quejó de mí.
-          Idöia, Agustina, dejen la charla para después y presten atención – Nos dijo la profesora, enojada
-          Que idiota – Me susurró Agustina.
Yo solo asentí con la cabeza.
-          Y… ¿Qué estamos viendo?  - Le pregunté.
-          Ni idea.
Después de esa clase, nos retiramos porque la de Biología estaba enferma. A la salida, alguien me gritó:
-          ¡Torres!
Era Lucas.
-          ¿Qué pasa ahora? – Le dije secamente.
-          El tono Torres. Decime, ¿No te parece suficiente que tu “novio” casi te viole enfrente de toda la escuela en el comedor, que dormís con él en un aula vacía? – Me dijo con voz fría e indiferente.
-          Primero, no dormí con él. Y segundo, ¡No es tu problema! – Le grité.
“Y ahí va mi compasión de anoche”.
-          Claro, tu amiga dice “esas cosas” y vos no dormiste con él – Se burló.
-          ¡Serás idiota! Repito: ¡NO ES TU PROBLEMA!
“Sip, eso es amabilidad Idöia ¡Muy bien!”
Pero la verdad es que este rubio me estaba sacando de quicio. Me di vuelta y me fui, pero justo antes de llegar a la puerta me pareció escucharlo murmurar:
-          Si sos vos, siempre es mi problema.
Pero cuándo me giré a mirarlo, el se estaba yendo por el pasillo. Como si sintiera mi mirada, se dio vuelta por un segundo, justo lo suficiente para que sus ojos coincidieran con los míos. Esa mirada, vista por accidente, estaba llena de una furia enorme, pero también de una profundísima tristeza, que empezaba a acostumbrarme a ver en esos ojos azules. Ojos que, por algún incomprensible motivo, me parecían enormemente hermosos.
-          ¡Idöia! ¿Venís? – Me llamó Agustina desde afuera.
-          ¡Ya voy! - Grité, girándome solo por un segundo. Pero cuando volví a mirar, Lucas estaba saliendo por el otro lado del pasillo.
-          Idöia.
Tomás me tocó el hombro.
-          ¿Estás bien? – Me preguntó.
-          ¿Eh? Ah, sí. Claro – Respondí aturdida -. Vamos.

Me pasó un brazo por la cintura y salimos de la escuela. Yo seguía pensando en la mirada de Lucas, últimamente me dejaban desconcertada, pero no sabría lo que significaban hasta mucho tiempo después.

viernes, 30 de mayo de 2014

Disculpas!

Hola de vuelta! Disculpen la demora, quería avisar que el capítulo 3 está en camino para el que le interese, y probablemente esté terminado este fin de semana.
Cambiando de tema, me encantaría saber que te parece la historia hasta ahora, aunque recién empieza, con quién te quedarías, y que harías en la actual situación de Idöia. Puede que tome algunas ideas.
¡Dejá tu respuesta en los comentarios!
Saludos y disculpas.
Malena Winderbaum.

Capítulo 2

Leí el mensaje por enésima vez. ¿Quién lo habrá enviado?
“Probablemente Tomás. Pero no, porque él no me vió salir del teatro. ¿Podría haber sido Lucas? Si fue él, ¿Por qué? No, tiene que ser Tomás. Pero… ¡Aggghh!”
Llevaba dos días ya, pensando en eso una y otra vez. Dos días sin saber quién envió el mensaje. Dos días sin ver a Tomás… ni a Lucas.
“Tengo que pensar en otra cosa, no puedo seguir obsesionada con él… ¿Pero quién se supone que es él? O sea, ¿Estoy obsesionada con el beso de Tomás? ¿O con la caricia y las palabras de Lucas?”
Al final, decidí hacer lo que hizo Katniss en Los Juegos del Hambre:
“Me llamo Idöia Torres. Tengo 16 años. Soy la única de mis amigas que solo besó a un chico, y ese es Tomás ¡Agh! Cambio de tema.
Tengo el pelo largo hasta la cintura, descontroladamente ondulado, y color negro azabache. No soy gorda, pero tampoco especialmente flaca.  Tengo bastantes músculos en las piernas y en los abdominales. Según Agustina, mi mejor amiga, tengo unas piernas kilométricas. También según ella, mis ojos son muy profundos, pero yo solo veo que son color marrón oscuro.
Mi ex novio me sigue para pedirme que vuelva con él porque “me ama”. Yo  que no es así. La última vez que me encontró nos peleamos y le pegué, dos veces. Una por besarme, la otra por idiota. OK, aceptado.
Ahora, los labios carnosos de Lucas en mi oído, un chico con el que, hasta hace dos días, creía compartir un fuerte odio mutuo. Ahora, después de que me susurrara el halago más dulce que había oído, y de sentir sus dedos acariciando mis labios, ya no estoy tan segura. Y todo lo que hizo, eso, ya es más difícil de aceptar. Especialmente por la reacción que me causó. Si, esa sonrisa tiene que haber sido por  Lucas. OK, no aceptado.”
De repente se empezó a escuchar Help, de los Beatles, un nuevo mensaje. Número desconocido.



Nos veremos más pronto de lo que crees

. . .

-          ¡Chicas! ¡Terminó el descanso! – Nos gritó Francisco
-          ¡Ya va! ¡Ya va! – Respondimos a coro.
El segundo mensaje me había llegado esa mañana, y ahora me había pasado los cinco minutos de descanso en danza, leyéndolo una y otra, y otra vez.
-          ¡Idöia! Bajá de las nubes, tenemos que seguir ensayando – Me llamó mi profesor.
Ayer nos habían avisado que en una semana estrenábamos la obra que habíamos practicado, así que hoy, Francisco había llamado a ensayo urgente de toda la obra.
Media hora después, se cumplen dos horas y media de ensayo, y al fin nos dejaron salir. Nerviosa, me apuré hacia la parada del colectivo: no había dejado de pensar en ese mensaje, y no deseaba encontrarme con Tomás. Pero Lucas… Él fue el que me complicó la decisión, porque no quería verlo, me daba vergüenza, sin embargo, moría por saber si había sido él el de los mensajes, y de porque quería verme. Si fue él, claro. Empecé a correr a la parada, se me estaba yendo el cole, pero (oh, sorpresa), me agarraron del codo. En serio empezaba a acostumbrarme.
-          No Idöia, esperá por favor.
-          Ah, Tomás. Me asustaste ¿Qué estás haciendo acá? – Saludé.
He de admitir que estaba desilusionada ¡Solo un poco! Bueno, puede ser que bastante.
“Tenía que ser él. Peor, en la puerta de mi instituto de danza.”
-          Wow, no es un recibimiento muy alegre para tu novio – Dijo en tono de reproche -. ¿Qué te pasa?
-          Tomás. Uno, no sos mi novio. Dos, ¡Dejá de seguirme! – Le grité.
“¡¿Cómo se puede ser tan idiota?! Es completamente insoportable.”
Eso no lo mejoró ¿Malas noticias? Volvió a intentar besarme. Esta vez, sabiendo lo qué me había pasado la última vez que lo hizo, simplemente le puse una mano en el pecho musculoso y…
“¡Agh! Me puede.”
-          ¿Podemos hablar sin que intentes besarme? – Le dije con suavidad pero firme.
Unas compañeras que estaban saliendo, soltaron una risita tonta y me saludaron al pasar.
-          ¿Tomás? – Lo llamé con los dientes apretados.
-          Claro ¿De qué querés hablar, entonces? – Me respondió con una sonrisa triste.
-          No sé, vos enviaste los mensajes, vos decime.
-          ¿De qué me estás hablando? No importa – Dijo confundido -. Idöia, en serio, esa chica solo era una amiga. Te amo Idöia, nunca te engañaría.
-          Tomás… - Dije con tono de advertencia.
Pero la verdad era que esa mirada tan profunda y sincera en sus grandes ojos negros, había conseguido ablandarme un poco.
-          Me engañaste. Eso no es algo que se le hace a alguien que amás. – Le dije, ya con más suavidad.
-          ¡No, no fue así! Ella me besó, pero yo la rechacé ¡Lo juro! Por favor Idöia, creéme. Yo nunca te haría algo así. – Suplicó.
Y casi le creí. De verdad lo hice. No podía estar segura, pero le creí. Creo que en el fondo yo también lo extrañaba. Extrañaba sus músculos fuertes, pero no demasiado. Extrañaba la mirada cariñosa que esos hermosos ojos negros me daban cada mañana, la manera en que me decía que era suya. Extrañaba enredar mis manos en su pelo marrón claro, extrañaba sentir sus cálidos labios carnosos en los míos.
“Te creo. Realmente te creo.” Pensé.
Envolví mis brazos en su cuello y él se tensó, pero inmediatamente se relajó, y soltó un pequeño gemido al sentir mis labios de vuelta en los suyos.
Lo besé con fuerza, con la fuerza de la esperanza de que no me mintiera, con la fuerza de mi deseo de volver a besarlo, con la fuerza de mi ruego de estar haciendo lo correcto. Él no se opuso, sorprendido, me apretó más fuerte y me siguió besando.
Así nos quedamos hasta que se me ocurrió que seguíamos en la puerta de un instituto de danza, y que mi profesor probablemente estuviera por salir, o ya había salido.
Me separé de él con suavidad, el shock todavía grabado en su cara, mezclado con una pequeña y cautelosa esperanza, y un gran deseo.
Sonreí.
-          Te creo. Espero no arrepentirme. – Le dije.
-          No lo harás – Me respondió con firmeza.
Le di un beso en la mejilla y me di vuelta para irme. Justo doblando en la esquina, un borrón rubio pasó corriendo.
“Oh, no.”
Salí corriendo a la parada del autobús, pero llegué demasiado tarde, ya había arrancado. Y en una de las ventanas, unos hermosos ojos azules me miraban, llenos de dolor y tristeza.

“Oh, no… Lucas…”

martes, 20 de mayo de 2014

Capítulo 1

Salí del salón de ensayos del brazo de mi profesor. Me hizo entrar a la sala de conciertos. Estaban arreglando la escenografía para un ballet  de danza clásica. Los bailarines practicaban en sus lugares. Nos acercamos a uno:
-           ¡Hola Francisco! - Saludó.
-           ¡Hola Pablo! -  Respondió mi profesor.
“¡¿Francisco?!” Pensé
-           ¿Qué te trae por acá?
“Ojala lo supiera”
-           En realidad vine para preguntarte si mi alumna puede presenciar el ensayo. Es de mis mejores alumnas y me gustaría que viera un espectáculo profesional.
Me puse roja: “¿De verdad? ¿De sus mejores alumnas? ¡Genial!”
-           ¿Ah, sí? ¿Te gusta bailar niña? – Me preguntó.
“¿Ya mencioné que odio que me digan niña?”
-           Yo… Sí señor.
-           ¿Alguna vez viste un ballet profesional?
-           No señor.
Sonrió.
-           No hace falta que me llames señor, decime simplemente Pablo. Y… ¿Te gustaría ver uno? Porque aún hay lugar para una persona más si digo que sos de mi equipo…
-           ¡Me encantaría!
-           Perfecto, voy a hablar con el director. – Dijo y se fue.
-           Creo que te va a gustar este ballet, es muy bueno. Una lástima que sea para una película, de un musical, más precisamente. – Comentó “Francisco”
-           Señor… ¿De verdad soy una de sus mejores alumnas? – Pregunté tímidamente.
-           Si Idöia, sos una muy buena bailarina, tu postura es muy buena, tenés mucho equilibrio,  hacés piruetas dos niveles más avanzadas que el tuyo y se nota a la legua que la danza te apasiona.
-           Yo… Muchas gracias señor. Es mucho viniendo de usted. – Dije como un tomate.
-           No es nada. – Dijo riendo.
Vimos a Pablo volver corriendo.
-           ¡Listo! Te podés sentar por allá niña, estamos por empezar. – Me dijo.
Fui a sentarme todavía con las mejillas ardiendo, pero lo que vi de camino me hizo palidecer. En la fila delante de la mía, estaba sentado Marcelo Di Madrone, director del mejor instituto de danza del país y mi ídolo, junto con dos de sus profesores, varios críticos reconocidos y Lucas Gelderman, el chico que más odio en toda mi escuela.
“¡¿Se puede saber que hace él acá?!” Pensé atónita. “¿Desde cuándo tiene algo que ver con la danza?”
Fui a sentarme rogando que no me viera, pero Di Madrone me llamó:
-           ¡Niña! ¿Qué haces aquí?
-           Yo… Soy del equipo de Pablo señor.
-           Ah ¿Si? ¿Qué parte de su equipo? – Preguntó con el ceño fruncido.
-           Soy su… Soy su peluquera señor. – Mentí nerviosa
-           Ah ¡Perfecto! Nuestra peluquera no va a venir y necesitamos otra urgente. – Dijo ya más contento, (por suerte).
-           Ah, de acuerdo. – Dije confundida. “¿Por qué me habrá dicho...? Ah.” - Usted… Usted quiere que…
-           ¡Por supuesto niña! Sabes quién soy ¿Verdad?
-           Sí señor. Usted es Marcelo Di Madrone. Yo… lo admiro señor. – Dije mirando a Lucas de reojo. Ya había terminado de hablar con uno de los críticos y miraba el escenario pensativo.
-           ¡Maravilloso, niña! Entonces ¿Aceptas?
-           Yo… Por supuesto señor. – Respondí nerviosa. “¿Cómo voy a hacer para peinar bailarinas profesionales, si lo único que sé hacer es una trenza muy desarmada?”
Sonó un timbre y empezó la obra. Fui a sentarme rápido, con la esperanza de que Lucas no me hubiera visto, y me relajé para disfrutar el ballet.
Al final del baile sonó otro timbre y comenzó el receso. Ya de mejor humor, decidí ir afuera. Me arrepentí casi al instante. Afuera me esperaba… mmm…  él. Era Tomás Castilla. Mi reciente ex novio.  Mejor actuar con indiferencia: suspiré fuerte e intenté volver adentro. Intenté, no pude. Él me agarró del brazo. Típico.
-           Hey, esperá. – Me dijo.
-           Tomás ya te dije que no quiero hablar con vos.
-           No me vas a poder evitar por siempre, esperá por favor.
 Ojalá no hubiera dicho algo tan lógico. Me solté.
-           ¿Qué? – Dije de mala manera.
Fue entonces que noté una sombra en la puerta. “Seguro es un árbol.” Pensé. Ojalá hubiera pensado otra cosa.
-           Idöia yo… Perdonáme ¿Si? ¡Por favor! No puedo soportar que sigas evitándome. Idöia por favor…
-           ¡¿Por favor qué Tomás?! ¡Si ni siquiera sabés lo que me hiciste! – Estallé furiosa.
-           Entonces por favor explicáme ¡¿Cómo querés que me disculpe si ni siquiera me explicás que te hice?!
-           ¡No quiero que te disculpes!
-           Entonces ¡¿Qué se supone que haga para estar con vos de vuelta?! ¡Decime! Haría cualquier cosa.
-           Uf, genial. Ahora ponéte melodramático.
Sonrió.
-           Por supuesto mi bella damisela.
-           Yo…
“¿Soy yo o está muy cerca?”
-           Creo… Creo que estabas más lejos. – ¡Vaya! Comentario inteligente de mi parte.
-           Supongo. – Dijo con una sonrisa triste y se alejó. - ¿Entonces? ¿Me harías el favor de explicarme que te pasa?
-           Yo… - “¡Agh! Detesto cuándo me hace eso. Me quedo mirando su cara como una idiota y… Ufff, que ojos.” Pensé atontada. – Los vi.
“Ajá, eso le borró la sonrisa de la cara.”
-           ¡¿Cómo?!
-           Te estoy diciendo que los ví, Tomás
-           No sé de qué estás hablando.
“Claro, ahora hacete el tarado”
-           Claro Tomás, seguro. – Dije fríamente.
De nuevo intenté irme, sin mucho éxito.
-           Pará, pará. No te vayas. Yo… te puedo explicar. – Dijo apurado.
“Sí, claro”
-           Estoy esperando.
-           Esa chica… era solo una amiga, Idöia.
-           ¡Ja! Me voy Tomás, me deben estar esperando.
“Agh, si. Casi me olvido de todo el asunto de la peluquera.”
Me solté de vuelta y me fui. Esta vez no iba a ganar simplemente poniendo ojitos. Ojala se me hubiera ocurrido que eso no era lo que él pretendía hacer.
Al soltarme, me agarró de vuelta, si. Pero esta vez de los hombros. Me giró, y me besó.
          -          ¡Ay! – Gritó -. ¿Por qué hiciste eso?
  -          ¿Yo? ¿Por qué yo te pegué? – Dije furiosa - ¡¿Por qué vos me  besaste?!
  -          ¡Porque te amo!
  -          ¡No, no es cierto!
“No lo puedo creer ¿Me toma por tarada?”
                 - ¿Qué se supone que haga para que me creas?
     -¿Primero que nada? ¡No engañarme!
No lo soporté más. Me di vuelta y me fui. Obviamente, me volvió a agarrar.
Respiré hondo.
      Tomás, soltame.
      Si te suelto ¿Te vas a quedar?
      ¡No! No voy a estar un segundo más con vos.
    ¿Ahora quién es la melodramática?
“¡Agh! ¡No lo soporto!”
      ¡Ay! ¿De vuelta me pegás? – Se quejó
      ¡Si idiota! ¡De vuelta!
“Suficiente. No la sigo más” Me di vuelta de nuevo, pero esta vez no me agarró. Entré al salón de baile.
     ¿Adónde vas? – Escuché detrás de mí.
“Esa no es la voz de Tomás”
     ¡¿Qué?! – Dije girándome.
     ¿Adónde vas? - Dijo la voz.
“Mierda. Sí me vió.”
    Ah, Lucas. Me asustaste ¿Qué hacías ahí? - Dije sorprendida.
    No se responde una pregunta con otra ¿Adónde vas? – Respondió él, sonriendo.
“Que idiota.”
    A sentarme ¿Qué hacías ahí?
    Contemplaba una escenita bastante entretenida ¿Quién era ese? ¿Por qué te besó? - Preguntó con esa sonrisa que faltaba en sus ojos.
“Mierda, al final la sombra no era de un árbol.”
Confieso que la última pregunta me dejó bastante estupefacta: ¿Por qué le interesaba a él quién me besaba o quién no? Ahora lo veo bastante obvio.
No supe si contestarle estupefacta, como estaba, o fría e indiferente, como pensaba que se vería mejor. Me decidí por la última.
        Ese, Gelderman, es mi ex novio. No sé por qué te interesa, pero lo era.
        ¡Vaya! ¿Y por qué te beso? – Exclamó extrañamente sorprendido.
      "Buena pregunta".
        ¿Por qué te lo diría precisamente a vos?
        Porque pregunté.
      “¿Desde cuándo los chicos hacen respuestas inteligentes o ingeniosas? Primero uno, ahora otro ¿Qué les dio?”
        ¿Qué se supone que estás haciendo acá Gelderman? Perdoná pero no estoy exactamente de buen humor.
        ¡Vaya! Se nota ¿No se te ocurra pegarme a mí también, eh? Vine acompañando a Di Madrone, si tanto te interesa.
“¡¿Di Madrone?! Si claro.” Pero no se veía que estuviera mintiendo.
        Ajá ¿Y se puede saber de dónde lo conocés? Que yo sepa, no te interesan mucho este tipo de cosas.
        Primero: No, no se puede saber eso. Segundo: Sería interesante saber por qué crees saber algo sobre mí. Y tercero: Si estuviera dispuesto a hablar de eso ¿Por qué te lo diría precisamente a vos? – Dijo en son de burla.
“Claro, copiame la frase. Y ¡Que insistente con el beso!”
        Ufff… Me besó porque pensó que así me convencería de volver con él ¿Satisfecho? – Dije a regañadientes.
         No del todo ¿Cómo es eso de convencerte? Supuse que te morías de ganas de volver con él.
Agarrada por sorpresa, lo único que se me ocurrió contestar fue:
         Pues no ¿Cómo llegaste a esa suposición, si puede saberse?
Soltó una carcajada incrédula.
         Primero que nada, por tus brazos en tu cuello. Además, tardaste un buen rato en pegarle. Buen golpe, por cierto.
“Espera ¡¿Qué?! ¡Mis brazos no estaban en su cuello! Además… Wow. Es verdad. Si tardé mucho.”
          Gracias.
Fue lo único que se me ocurrió responder: ¡Me había quedado con la boca abierta!
“Que patética.”
Pero es que ni siquiera había notado que le devolví el beso, y eso, la verdad, me dejó bastante estupefacta.
          No es nada.
Dijo, acercándose a mí y cerrándome la boca con suavidad y ¡¿Ternura?! Di un respingo cuándo sentí sus labios carnosos apoyados en mi oído.
          Lindos labios. – Susurró acariciándolos.
Por un momento pensé que me iba a besar, pero no. Simplemente esbozó una sonrisa triste y se alejó por el pasillo.
“¡¿Y eso?!”
          ¡Esperá! – Grité.
“Vaya, buena hora para que mi cerebro vuelva de sus pequeñas vacaciones. Me hubiera venido bien hace un segundo.”
          ¡¿Qué fue eso?! – Le grité por el pasillo.
Pero el simplemente se giró para verme, sus ojos impresionantemente tristes y confundidos.
          No lo sé. – Me respondió después de matarme con esa mirada en sus ojos azules – No tengo la más mínima idea.
Se dio vuelta, y entró al salón.
Después de quedarme parada un segundo, salí corriendo tras él, entré al salón, y me choqué de frente contra…
“Mierda”
            ¡Ah! Eh… Hola, señor. – Balbuceé.
            ¡Idöia! ¿Se puede saber dónde estabas? – Preguntó Francisco.
Después fue que vió mi cara y agregó:
            Permitíme reformular la pregunta: ¿Quiero yo saber dónde estabas y qué te sucedió?
“Wow, si me habla con tanta suavidad, no imagino cual debe ser mi cara.”
            Principalmente, por qué estas tan sonrojada, claro. – Agregó con una sonrisa pícara.
Corrí a mirarme en el espejo. Mi largo pelo negro estaba muy desordenado, mi cara pálida completamente roja, y mis ojos marrones completamente confundidos. Pero lo peor de todo: La enorme sonrisa tonta que atravesaba mi cara.
“Esto no puede ser bueno. No puedo dejar que Lucas me vea así. Menos aún ya que ni él ni yo comprendemos lo que pasó: ¡¿De dónde sale esta sonrisa estúpida?!”
Supongo que vos ya te lo imaginás, pero en mi caso, mi cerebro había vuelto a sus vacaciones, y no tenía planes de volver pronto.
            Y… ¿Me dirás quién es el afortunado? – Dijo Francisco, aún sonriendo.
            ¡Vaya, señor! ¡Ni yo lo tengo claro! – Logré exclamar.
          "Es cierto, no tengo idea de que hace esa sonrisa enorme en mi cara" Pensé, pero en el fondo, creo que lo sabía.
           Ajá, es bastante comprensible. Pero ahora, Idöia, te vas a ir a sentar, y vas a prestar toda la atención el mundo al ballet ¿De acuerdo? – Dijo ya más severamente.
               Sí, señor – Contesté aturdida.
Sonrió.
               Bien, ve a tu lugar.
Y así lo hice, presté toda la atención que pude. Pero no se me hizo fácil, ya que durante toda la obra, sentí los maravillosos ojos azules de Lucas, fijamente clavados en .
A la salida, un número desconocido me envió un mensaje:


Nos veremos otra vez.